Querido padre:
Hoy no estás, ni ayer, ni nunca.
No presenciaste como se me cayó el primer diente, ni cómo fue mi primer amor. No me viste llorar cuando perdí un combate ni me arropaste cuando estuve enferma. No sabes que soy más de ciencias que de letras, ni que a pesar de ello amo escribir. No tienes ni idea de mis gustos, a penas recuerdas que toqué la guitarra durante años, ni conoces mi pasión enfermiza por el karate.
Pero, ¿sabes cuál es el problema? Que nunca te ha importado una mierda no hacerlo. Nunca me dijiste que me quieres, ni lo mucho que te enorgullece ser mi padre. No ha habido amor por tu parte, ni gratitud, ni nada. Nada. Solo el vacío que me dejaste y que, con el tiempo, juro que se llenará.
Querido padre, algún día te darás cuenta de que no debiste abandonarme.
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