Unos le
llaman fútbol, otros “opio del pueblo”. De origen británico, este deporte que
tanto da que hablar ha ido evolucionando convirtiéndose en una especie de circo
romano, de feria, de distracción ante el mundo que nos rodea. Guerras asolan países enteros, hambre mata en
otros y enfermedades diezman poblaciones de gente que vive bajo el umbral de la
pobreza. Pero, ¿nos es esto ajeno? ¿Acaso no está comenzando nuestra propia
nación a tomar las riendas de la desidia, del olvido de que lo que allí pasa
acabará por ocurrir aquí?
Día de
la Copa del Rey. Calles desiertas, bares repletos. Los turistas se preguntan
qué ocurre. ¿Respuesta? Fútbol. Es imposible huir de esta rama deportiva, de su
marketing y de los comentarios sabios, en mayor o menor medida, de ciudadanos
que debaten sobre qué equipo jugó mejor o peor, quién hizo esto o aquello, o
quién debería haberlo hecho y no hizo nada. Donde vayas tendrás personas que
defenderán su equipo “con uñas y dientes”, pero que a la hora de preservar sus
derechos no moverán un solo dedo con la excusa de que no sirve de nada, o de
que otros lo harán por ellos.
El
fútbol, aunque deporte respetable y de gran desgaste físico, motiva más que
conseguir un Estado de bienestar, más que acabar con las batallas sin sentido,
más que paliar la hambruna o encontrar la cura de enfermedades
devastadoras. Cuando todas estas
situaciones lleguen a nuestro país, cuando ya sea demasiado tarde, diremos:
¿qué pasó? ¿Por qué no hicimos nada? Y alguien replicará: no hicimos nada
porque vivimos bajo los efectos de una ceguera general… Bajo los efectos del “opio del pueblo”.